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De Alejandro Jodorowski podría decirse que es un
cóctel de pícaro y genio. A su vez exhibe
un carácter más cambiante que el mercurio.
En sucesivos países (Chile, México y Francia
sobre todo) fue titiritero, creador con el español
Arrabal del "teatro pánico", director de
películas de culto ("El topo", "La
montaña mágica", "Santa Sangre").
En los últimos años se subió a la cresta
de la ola de la sabiduría oriental, el Tarot y otras
hierbas.
Sería una tontería acusarlo de oportunista.
Él mismo asume sus máscaras. En un momento
de este libro menciona la ocasión en que llegó
a México "disfrazado de director de cine".
En otra, cuando llegó "disfrazado de terapeuta".
En efecto, su "psicomagia" cuenta con numerosos
seguidores, y ha sido el motor detrás de sus últimos
libros, difundidos con el perfil de los títulos de
Coelho o Bucay. Con una diferencia: son absorbentes y divertidos,
sin que haga falta estar de acuerdo con sus planteos. Porque
en todos los casos lo que Jodorowsky hace es sobre todo
narrar, contar chistes, trufar con chismes casi cada página.
La hilera de famosos con los que tuvo contacto es infinita.
Algunos de ellos figuraban ya en su biografía "La
danza de la realidad", de la que "El maestro y
las magas" es una especie de suplemento. Aparecen desde
George Harrison, hasta Dalí; desde Orson Welles (que
casi trabaja en "Duna", si el proyecto se hubiera
concretado), hasta el gran Moebius, dibujante de comics
con quien hizo la serie del Incal.
La zona central la ocupa en este caso "el maestro"
(y amigo) budista Ejo Takata, japonés que vivó
gran parte de su vida en México. Todo lo referido
al budismo, incluidos el uso (y a veces abuso) de "koans"
y "haikus", tiene el tono y el perfil de lo verdadero,
cuenta casi una novela de iniciación. La zona de
"las magas" es más delirante. Aparecen
allí la gran poeta y pintora Leonora Carrington,
de espíritu profundo y desplegado, y de inmediato
"la Tigresa" Irma Serrano, cuyos fulgores farandulescos
y poderes de bruja se mezclan con el tejido de corrupción
de la política mexicana. O "Doña Magdalena",
una sabia del camino que sabe cómo licuar el cuerpo,
los músculos y los huesos de alguien para dejar un
cuerpo nuevo. O la hija de Gurdjieff, Reyna D’Assia,
que quizá tuvo una hija de Jodorowsky.
Lo curioso es que el ámbito donde el autor ha sido
menos eficaz es justamente el literario: un par de poemas
que vienen aquí, o sus libros de relatos y novelas
exhiben un estilo chato, descuidado. En cambio en estos
libros de memorias y en sus reportajes despliega fuegos
artificiales intensos, disfrutables, con frases magistrales,
bruscos momentos de humor, y choques de realidades contrapuestas
o piques ególatras que arrancan la carcajada del
lector. l
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