Año XXII
Nº 1530 del 21-04-2006
Publicación semanal de Editorial Perfil

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PRESIÓN. Moyano obtuvo un incremento salarial del 19 por ciento a partir de la intimidación sistemática. Por eso los paros "activos" parecen triunfar en este período.

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  El espectro de la violencia
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  Lo que más temían los buenos ciudadanos romanos era que un día los esclavos del imperio se alzaran en rebelión, de ahí la severidad brutal con la que reprimieron las manifestaciones esporádicas de descontento. En América latina, los herederos lejanos de aquellos patricios nunca han podido librarse por completo del miedo a un "estallido social" o, como dicen con lirismo desubicado algunos, una "eclosión social". Conscientes de que según las pautas solidarias que ellos mismos reivindican con unción sus propias sociedades son monumentos a la injusticia, suponen que tarde o temprano los de abajo se abalanzarán sobre los privilegiados. Aunque ni siquiera los estragos causados por la hiperinflación o el despojo que sufrieron millones a comienzos del 2001 fueron suficiente como para desatar la insurrección anárquica tan temida, la sensación difundida de que la paz social pende de un hilo sigue incidiendo de manera decisiva en la conducta de todos, en especial en la del gobierno del presidente Néstor Kirchner.
Aleccionado por el impacto político de los enfrentamientos mortíferos que se produjeron en los días finales de la gestión de Fernando de la Rúa y, después, cuando Eduardo Duhalde ocupaba la Casa Rosada, Kirchner está dispuesto a ir a casi cualquier extremo para evitar que haya muertes que con toda seguridad le serían imputadas. Es por eso que los hay que insinúan que por razones no muy claras el gobierno eligió hacer del país una inmensa zona liberada en la que militantes "sociales" pueden hacer cuanto se les ocurre sin tener que inquietarse por la ley porque la policía se limitará a protegerlos. Habrán exagerado quienes suponen que al gobierno no le interesa la legalidad, pero esto no quiere decir que no haya buenos motivos para preocuparse.
Si bien la pasividad frente a los grupos militantes ha tenido los resultados deseados -el que hasta ahora el asesinato por revoltosos del joven suboficial policía Jorge Sayago haya sido la única "muerte social" de su gestión muestra a las claras que por lo menos en términos políticos la Argentina es un país muy pero muy pacífico- cuando la tolerancia oficial significa dejar que minorías prepotentes pisoteen los derechos ajenos con impunidad, no puede sino intensificarse el enojo de quienes sospechan que por motivos ideológicos el gobierno ha optado por congraciarse con los grupos que hablan el lenguaje de la izquierda extrema, que la pasividad que lo caracteriza no se debe sólo a la conciencia de que una chispa podría provocar una conflagración sino también a la voluntad de recordarle a la gente que la alternativa tradicional de "yo o el caos" dista de haber perdido vigencia y que, de todos modos, la culpa de las lacras sociales es de los odiosos "neoliberales" de los años noventa.
Últimamente, los asustados por el espectro de la anarquía creciente han tenido muchas razones para sentirse en vísperas de una etapa violenta. El regreso de los piqueteros que, encapuchados y armados con garrotes a pesar de que la ley lo prohibe, durante más de cinco horas hicieron un pandemónium del tránsito en las calles de la Capital se concretó cuando los ánimos aún estaban agitados por las consecuencias similares de un paro salvaje protagonizado por un puñado de trabajadores del subte que fueron respaldados por izquierdistas que son auténticos especialistas en provocar trastornos. El accionar de una banda de estudiantes de mentalidad parecida resueltos a impedir la elección como rector de la elefantina Universidad de Buenos Aires del decano de la Facultad de Derecho, Atilio Alterini, que según todos los cálculos tenía asegurados los votos suficientes, pareció confirmar la impresión de que hasta en lo que en teoría es un lugar iluminado por el intelecto la violencia siempre se impondrá a la razón. Incluso algunos crímenes bestiales perpetrados por adolescentes de clase media han servido para hacer temer que, una vez más, el país está deslizándose por una pendiente que lo llevará a un futuro signado por conflictos hobbesianos.
El nerviosismo que tales episodios causaron ha coincidido con más activismo en el frente laboral. Para muchos, aquel incremento salarial del 19 por ciento que fue logrado por los camioneros de Hugo Moyano e hijo equivalió a un premio a la intimidación sistemática, de suerte que la mejor manera de conseguir uno igual o mayor consistirá en amenazar a los demás con paros "activos" que servirían para privarlos de lo que necesitan.
   

 

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