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Los posibles futuros espectadores que aspiren a guiarse
por el título (y no son pocos), deberán desengañarse:
el subtítulo es mucho más explícito.
El tema es original: cómo somos educados, modelados,
inducidos a la acción, o lo contrario, y hasta controlados
por nuestras lecturas. Lo que coincidiría con Shakespeare:
estamos hechos de la misma materia de nuestros sueños.
Conclusión: el que no lee, el que no tiene el hábito
de la lectura, queda fuera del juego de la vida, aunque
generalmente se proclama lo contrario (caso Borges: habría
vivido más en los libros que en la realidad; pero
¿qué es, exactamente -o realmente-, la realidad?)
Una pareja joven decide separarse tras varios años
de convivencia en un departamento que ofrecen en venta.
La separación de bienes, ya se sabe, es ardua, y
uno de los problemas que ellos -lectores voraces y apasionados-
tienen es qué hacer con los libros acumulados. Les
viene de herencia: las respectivas madres de ambos son también
lectoras, linderas con lo maníaco: no pueden concebir
una existencia sin libros.
Las dos señoras están tristes y preocupadas
por la separación de sus hijos, pero tal vez más
por la escandalosa decisión de éstos: deshacerse
de la biblioteca, que yace desparramada en el suelo. Mientras
comentan lo que está pasando, aparece un candidato
a comprador del departamento. Es el bárbaro en Atenas,
el filisteo absoluto: apenas si habrá leído
en su infancia a Misterix, la lectura es para él
un territorio ajeno. El choque entre ambos mundos es cómico
y, a la vez, melancólico: una educación deficiente,
o ausente, priva a este pobre muchacho del placer paradisíaco
de la lectura.
Mariana Chaud (Buenos Aires, 1977, con vasta experiencia
en el "underground" porteño) teje con suma
habilidad esta trama insólita, le otorga un final
abierto y captura la atención del espectador con
un diálogo ágil, divertido, para nada erudito
pero, eso sí, salpicado de citas literarias que lectores
avisados reconocerán. l
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