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Los hermanos Dardenne plantean severos conflictos morales y lo
hacen con pudor e intensidad. Favoritos de la crítica,
ganadores de premios mayores, especialmente en Cannes (donde "El
niño" se alzó con la Palma de Oro en la última
edición), certifican que lo que vimos en "La promesa"
y "El hijo" no fue casual. El disparador del film, aseguran
ellos, fue la visión de una muchacha que paseaba un cochecito
con un bebé, mientras rodaban la película anterior.
La chica daba vueltas a la plaza, como sin rumbo. Se notaba claramente
una ausencia: la del padre de la criatura. Bruno tiene 20 y Sonia
18. Los dos viven del seguro social de la muchacha y de los robos
cometidos a diario por Bruno y su pandilla. Un niño no
entra en los planes de esa pareja, pero llega Jimmy y hay que
apechugar. Para Bruno no existen ni el pasado ni el futuro. Apenas
ese presente con algunos atracos para sobrevivir ese día.
Decididamente, no califica para padre. El chico aparece como un
fastidio o una calamidad. A tal punto que decide venderlo. Y este
es el centro de una propuesta de riesgo que los Dardenne manejan
con extrema sabiduría. Su cámara, como en "El
hijo" sigue a los personajes de manera implacable, pero de
pronto elige distanciarse para que el espectador tenga el cuadro
completo (o se anime a completarlo). Cine sin énfasis ni
subrayados evidentes el de los belgas, pero con un toque personal,
inasible, que nos vuelve cómplices de personajes que nada
tienen de heroicos. Sonia y Bruno se mueven en los márgenes
y sus elecciones no son nada fáciles. Pero se arriesgan,
como deberá hacerlo el espectador de un film que conmueve
por caminos infrecuentes.
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