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“… ni come él, ni deja comer al amo",
dice el refrán. Lo mismo la condesa Diana de Belflor:
enamorada de su secretario, Teodoro, no puede permitirse
ese amor por quien es poco más que un criado, pero
tampoco tolera que el muchacho dedique sus ardores a Marcela,
una de sus servidoras. Con su consagrada destreza, Lope
de Vega (1562-1635) enhebra en versos bellos una trama de
humor y fantasía. De ironía y hasta de cinismo,
también. Porque no se le escapan al autor el ridículo
de las arcaicas convenciones nobiliarias (estamos en el
siglo XVII y en el reino de Nápoles, gobernado entonces
por España), ni el oportunismo de Teodoro, deslumbrado
por el esplendor cortesano de que se rodea Diana y dispuesto
a recurrir a Marcela cuando a él le conviene. De
las mil cuatrocientas piezas que en su tiempo, se le atribuían
a Lope, la más famosa, siempre de actualidad en este
mundo engañoso, es "Fuenteovejuna", donde
critica, en pleno auge de las monarquías absolutas,
a los gobernantes autoritarios y corruptos. Perdura, asimismo,
el encanto de "La estrella de Sevilla", "El
caballero de Olmedo", "El anzuelo de Fenisa"
y otras piezas dedicadas a enredos amorosos, en los que
el dramaturgo era experto en su vida íntima.
Entre esas elegantes, vivaces tramas de idilios contrariados
y finales inverosímiles pero felices, "El perro
del hortelano" se destaca por el fresco ingenio de
los versos que fluyen con una naturalidad que suele ser
esquiva a los actores argentinos. El director Suárez
Marzal es, sin embargo, ducho en estas lides y logra que
sus intérpretes salgan ilesos del compromiso. Sandra
Guida, memorable Velma de "Chicago", es una Diana
cautivante, voluble, astuta y segura de su posición
social. Paulo Brunetti, que en aquella "Numancia"
reveló su talento, encarna a un Teodoro muy simpático,
y Javier Lorenzo es un irresistible Tristán, el criado
entrometido. Visualmente, el espectáculo es de una
hermosura singular, con el espléndido vestuario de
Mini Zuccheri, la refinada escenografía de Pigozzi
(inspirada en el Claustro de las Mayólicas, en Santa
Clara, de Nápoles). l
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