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A los 86 años, con una filmografía que suma 50 títulos,
Eric Rohmer sigue sorprendiendo. ¿Un film de espionaje?
Sí, pero nadie espere un thriller estilo Hollywood. A lo
sumo, algunos momentos traen a la memoria el Hitchcock de los
40. Fiel a sus marcas, el director francés que supo ser
una de las cabezas más respetadas de la Nouvelle Vague
hace 40 años, narra un drama despojado de lugares comunes
desde la óptica de una mujer, víctima de los vientos
de la Historia. La historia transcurre entre el triunfo del Frente
Popular en 1936, pasando por la Guerra Civil Española,
el advenimiento del nazismo y la Ocupación. En ese escenario
bastante agitado, Fiodor, un ex oficial ruso del Ejército
Blanco, ahora exiliado en París con su mujer griega Arsinoé,
mantiene una conducta diplomática y evasiva con sus compatriotas
y su mujer, pintora de salud frágil. La pobre Arsinoé
nunca sabe bien por dónde anda su marido, que dice viajar
a Bruselas cuando lo descubren en Berlín. El asunto se
agrava con el secuestro de un general ruso, que desaparece misteriosamente,
como Fiodor, llevando a su mujer a un estado desesperante. Rohmer
nunca carga las tintas y a menudo su puesta en escena roza el
teatro filmado o el cine mudo (con sus aperturas y cierres "en
iris" y sus noticieros de la época). Curioso: un tratamiento
que en otras manos podría haber resultado moroso, bajo
su sabia batuta se transforma en una intriga de la que el espectador
atento no se podrá despegar. Como los buenos cocineros
y los magos, Rohmer no muestra nunca sus trucos, pero queda claro
que su manera de narrar es única. Se toma su tiempo y gana.
La lección de un maestro poco frecuente.
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