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La producción operística de Benjamin Britten
suma más de una docena de títulos y en ellas
priman las tragedias. "Sueño de una noche de
verano", inspirada en la obra de Shakespeare, es una
comedia deliciosa en la cual se pueden encontrar las mejores
virtudes de un compositor excepcional, tan amplio en sus
potencialidades que no demuestra ningún impedimento
ni menoscabo para plasmar los mejores sonidos para vestir
de magia y fantasía los bosques de las afueras de
Atenas. Con todo, menester es aclararlo desde el comienzo,
lejos de las búsquedas líricas de tiempos
anteriores, no sólo de música vive la ópera
del siglo XX y, en esta ocasión, es la puesta, con
componentes de una inusual belleza visual, lo que permite
que esta ópera tenga su mejor realización
y cautive con sus mejores encantos.
En el escenario, a puro simbolismo, aparece, en el primer
acto, una acumulación caótica de sillas, muy
similares a las de la platea del Colón, conformando
una pirámide circular. El desorden que prima en ella
es paralelo a la anarquía que produce Puck con sus
pócimas mágicas aplicadas, por error, a quienes
no corresponde. En contraposición, en el último
acto, cuando los asuntos se resuelven prolijamente, las
sillas están prolijamente ordenadas, como si de un
auditorio se tratara, para observar la actuación
de los artesanos en lo que será una típica
escena de teatro dentro del teatro aunque, en este caso,
a puro grotesco y con situaciones de verdadera comicidad.
Del amplio elenco, hay que destacar, particularmente, al
tenor Jonathan Boyd, con una voz poderosa y un canto diáfano,
a Graciela Oddone, una soprano que acostumbra ofrecer actuaciones
soberbias, Ricardo Cassinelli, el experimentado tenor dramático
que, aquí, construye con gran comicidad el doble
personaje de Flute-Tisbe, y el Coro de Niños, con
una tarea estupenda, a pesar de las dificultades que plantea
la partitura.
La música de Britten, con una estrategia compositiva
de alto vuelo que propone diferentes timbres y toques para
los distintos personajes según sean las hadas, los
amantes o los artesanos, es muy apropiada para el devenir
dramático, más allá de cierta lentitud
discursiva. Pero en esta ocasión, la mayor fascinación
es la que es proveída por una escenografía
bellísima, potenciada por juegos de luces y situaciones
escénicas y teatrales esplendorosas, dignas, vaya
que sí, de ir a ser observadas.
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