*
* * * *
A esta altura es evidente: todo intento de retratar
o describir la realidad o "lo real" nunca logra
hacerlo en una relación 1:1. Siempre hay un desfasaje,
un corrimiento. A primera vista esta novela de Eduardo Mendoza
parece abarcar un período de la "transición
española", antes de las Olimpiadas de Barcelona,
a través de personajes cálidos y paradójicos,
queribles, casi con el carácter despejado y claro
de una novela del siglo XIX. Pero pronto se complican las
seguridades aparentes.
El propio Mendoza ya había experimentado (o sufrido)
un destino semejante al de Vázquez Montalbán,
uno de sus colegas. En ambos casos sus "novelas policiales"
se recordaban y solían leerse más que sus
esfuerzos más enjundiosos y extensos. Pero no se
debía a alguna supuesta facilidad del género,
sino a la originalidad de esos libros. El detective Pepe
Carvalho acompañó a través de sus primeras
novelas, año a año, ese paso del franquismo
a la democracia. En el caso de Mendoza, "El misterio
de la cripta embrujada" y "El laberinto de las
aceitunas" inventaban un personaje y un entorno a la
vez barroco y lumpen inolvidables, desopilantes.
En su última novela, Mendoza deja de lado tanto la
ironía de "El tocador de señoras"
o "El último trayecto de Horacio Dos",
como los intentos "literarios" de "La ciudad
de los prodigios" o "La isla inaudita", para
entregarse al parecer por entero a la historia misma, sin
dobles intenciones.
Pero un primer dato que se aparta de esa visión simple
del libro es que su historia casi no existe. Hay un triángulo
afectivo, pero desganado. El Mauricio del título
es un odontólogo inteligente, bienintencionado y
agradable, pero un poco tonto, incluso para él mismo.
Primero conoce a Clotilde, una mujer de clase media hiperlúcida,
bella pero también propensa a caer en trampas previsibles.
"La" Porritos, por su parte, es un cromo de la
antigua política de resistencia: popular y potente
al comienzo, irá siendo destruida de a poco por su
propia historia, al mismo tiempo, a su manera, como el tejido
social y humano entero de Barcelona.
Esos tres personajes y una vasta corte de acompañantes,
entre familiares, amigos o socios de partido o de empresa,
no se difuminan para dejar paso al fresco social, sin embargo.
Existen con el peso de los grandes personajes, sin serlo.
Uno de los tantos puntos fuertes del libro son los diálogos,
donde Mendoza usa con extrema agudeza su fino oído
para registrar quiebres del lenguaje popular o de la clase
media esquiva, pero también no se niega discusiones
sobre política o evolución social, con largas
tiradas. Su maestría de supuesto "autor omnisciente"
reside en equilibrar esos elementos desparejos a través
de las extensiones y la estructura.
Un lector argentino descubre que las trapisondas y tropiezos
de la democracia española tienen muchos puntos de
contacto con lo que ocurrió en el Río de la
Plata. Aquí España se revela como un país
tan falible y débil como los de América Latina.
Pero es un efecto colateral. Con una historia de antihéroes,
Mendoza logra conmover, y a la vez hace reír. Entre
la lucidez cruel y la compasión, recuerda al mismísimo
Chéjov. l
|