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Chajarí es una localidad cercana a Concordia, Entre
Ríos. Desde allí, pleno litoral, tres singulares
personajes se han trasladado al extremo sur de la Argentina,
a un lugar perdido en la vasta soledad patagónica.
Un padre que ya ha muerto pero cuya presencia virtual se
hace sentir, engatusó a un hombre un joven empleado
público de baja categoría, vendiéndole
la perspectiva de encontrar petróleo en el lejano
sur. El trato incluye el casamiento con una de sus dos hijas.
El petróleo se hallaría en el sótano
de una estación de servicio y almacén de ramos
generales, que conoció tiempos mejores. Hacia allá
parten los recién casados y la hermana soltera de
la novia. Apenas llegados, un accidente deja inválida
a la esposa; no hay tal petróleo, ni lo habrá;
el paradero decae día tras día, casi nadie
pasa por allí, salvo el viento y bandadas de patos
salvajes que suministran alguna variante gastronómica;
Chajarí y Concordia son evocadas como un paraíso
perdido. El hombre se empeña en que un hijo varón
lo rescatará de ese infierno. Pero ni la paralítica
ni él son fecundos, y la cuñada insiste en
que ella podría tener ese hijo.
La llegada de un cuarto personaje desata a todas las furias
que andaban reptando por esos andurriales, hasta un final
desgarrador y tan insólito como esta obra, densa
de misterio y de humor renegrido. Difícil de ubicar
y calificar, podría ser una muestra de grotesco,
trasladado de su habitual escenario urbano a un costumbrismo
ni siquiera rural sino directamente primitivo. Podría
ser también una suerte de "Barranca abajo",
de Sánchez, vista en el espejo deformante de la postmodernidad.
Y hasta una aproximación al esperpento de Valle-Inclán
("Divinas palabras", por ejemplo), pero en clave
argentina. Sea como fuere, es un espectáculo fuera
de lo común, con una cuidadosa, inspirada puesta,
muy de acuerdo con lo sorprendente de la historia. Porque
en la superficie se trata de un naturalismo exacerbado -todo
lo que se ve en escena es real, hasta la comida- y, sin
embargo, se abren suficientes grietas para que asome la
inquietante posibilidad de que haya algo más, allá
afuera: algo que no es benévolo, sino todo lo contrario.
Los actores, excelentes, se mimetizan con la sordidez y
la desolación de esa atmósfera irrespirable.
Tan familiar, al mismo tiempo. l
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