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Primero fue una comedia de Mel Brooks -"Con un fracaso, millonarios"-
que no funcionó demasiado bien en la taquilla, aunque la
crítica haya sabido rescatarla con el tiempo. Treinta años
más tarde, convertido en musical, el asunto cosecha aplausos
en Broadway (y en Buenos Aires con protagónicos de Pinti
y Francella). La película no podía hacerse esperar.
La trama en sí no es muy creíble, pero la dinámica
de la puesta en escena disimula baches. Un productor teatral que
suma fracasos, aconsejado por un contador tímido, decide
poner en escena el peor musical del mundo, para que la pieza baje
de cartel de inmediato y puedan los dos alzarse con el dinero
de los inversores. Buscan un director en decadencia y un guionista
a la par. Todo preanuncia el fiasco, pero el resultado será
un suceso descomunal. Nathan Lane y Matthew Broderick, a la altura
del compromiso, dejan espacio para que Uma Thurman luzca lo que
tiene (que no es poco). Dirigió, con oficio, la coreógrafa
Susan Storman, respetando los hallazgos y la picardía de
Brooks.
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